Quiero escribir pornografía. Quiero, quiero, quiero. De esa buena, de esa que evada, que eleve, que empape. Quiero escribirme en verisón pornográfica, lejos de esta cara de niña buena que tengo, lejos de el rostro redondo, de los ojos pequeños, de la smanos enanas, de las sonrisa dibuja con tipex. Si supiera dibujar, me quitaría los mofletes y las orejas, y me cambiará tres o cuatro cosas para dejar de ser yo sólo por un rato. Quiero ser un mito erótico, de esos que terminan siempre suicidándose, o acabadas porque el único hombre al que se amó fue el único que no se pudo amor. Un drama, ya sabéis, quieor un puñetero drama al final del día, cada mes, cada año, algo que me lleve al abismo, que me lo enseñe desde arriba, desde abajo, desde el centro. Quiero escribir sobre eso mismo, sobre arriba, sobre abajo, sobre el centro. Pasear por el filo de la noche, volver a querer la lluvia o qu eno me importe no saber a dónde voy o de dónde vengo. Me quiero antes porque el amor me destruye. Me hace migas de pan todas las mañanas me transforma en un ser completo acostumbrado a vivir de sus faltas y sus errores. No quiero llorar más porque tardas mucho en llamar, porque le sonríes a otra, porque ya no me follas como lo hacías antes. No compensa, no merece la pena. De verdad. Quiero mi tristeza vagando cada mes, una semana no más, para hacerme sentir horrible y mediocre y miserable, y no querer respirar, y para poder hacerlo, escribirme un poema en el que sueño con un hombre o una mujer o un bicho o animal o cosa que me de todo aquello que rehuyo. No sé si explico mi contradicción. Me gustaría hacerlo, hablar de mi drama interino y uterino. Le doy vueltas, pongo ejemplos y excusas, y al otro lado del café, o de la cerveza o de la caña o del calimotxo siempre hay alguien que asiente pero que no lo entiende. No me veo capaz de explicarlo y tampoco capaz de entenderlo.

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